La disputa actual en la provincia excede un reacomodamiento de nombres o de casilleros en las listas. Mucho de lo que separa a Passalacqua de Rovira, es lo mismo que lo distancia de las otras ofertas electorales. En las disputas provinciales, hasta ahora ninguna franquicia nacional pudo con el esquema político sustentado en el misionerismo.
La discusión de fondo expone un dilema estrictamente funcional sobre el ejercicio del poder: determinar si la provincia seguirá bajo la órbita de un proyecto articulado desde la identidad local o si iniciará una etapa de mayor dependencia de las franquicias políticas de Buenos Aires.
Durante más de dos décadas, el Frente Renovador de la Concordia ejerció un dominio categórico en la política misionera. La longevidad de su esquema no obedeció de manera exclusiva al control de la estructura estatal ni a la ingeniería electoral de su conducción; descansó, sobre todo, en la captura pragmática de un capital simbólico determinante: la identidad misionera.
A través de consignas como «Primero Misiones» o la doctrina del «misionerismo», el oficialismo logró asimilar la continuidad de su espacio a la defensa irrestricta de los intereses de la provincia.
Sin embargo, ese edificio político comenzó a exhibir fisuras irreversibles. La distancia entre la retórica autonomista y las decisiones políticas cotidianas resquebrajó la coherencia del relato.
El quiebre se volvió evidente en el escenario nacional cuando los legisladores alineados a Carlos Rovira respaldaron iniciativas nocivas y contradictorias con la proclama de la tierra colorada, supeditando el discurso territorial a pactos de conveniencia con expresiones como La Libertad Avanza.
Al resignar la bandera de la intransigencia provincial, el rovirismo cedió el monopolio del relato que justificó su hegemonía durante años.
En este tablero de tensiones, la figura de Hugo Passalacqua cobra volumen no por misticismo ni solo por el apasionamiento militante, sino por una estricta lectura del cálculo político: ante el desgaste de la conducción tradicional, Passalacqua retuvo el activo de mayor cotización simbólica y electoral en la provincia, que es justamente esa misma identidad misionera.
Su capacidad para posicionarse como resguardo del territorialismo frente a las alianzas coyunturales entre Posadas y Buenos Aires explica el reordenamiento de fuerzas que hoy atraviesa horizontalmente a todas las fuerzas politicas.
El comportamiento histórico del electorado en Misiones valida la eficacia de esta dinámica. Ninguna «franquicia nacional» ha logrado imponerse en comicios provinciales.
Los intentos de armado centralizado con boletas presentadas por el kirchnerismo, Cambiemos, el PRO o la irrupción libertaria, chocaron siempre contra la preferencia social por estructuras de cuño estrictamente local. En Misiones, la legitimidad política no se delega: se construye o se pierde en la representación del propio territorio.
Ante la pérdida de centralidad del rovirismo y el avance de Passalacqua en la contención del relato local, la política misionera ingresó en una fase de reconfiguración inevitable y definitoria. El desenlace de esta puja no dependerá solo de qué sello o alineamiento coyuntural prevalezca en el armado de listas, sino de cuál de los actores logre convencer a la sociedad de que aún conserva la capacidad de articular un poder verdaderamente autónomo.